EL ÁRBOL MARINO #leyenda #españa #lecturajuvenil #atlantida
Frente al Estrecho de Gibraltar, cercaa del abismo donde termina el mundo, muy dentro del Océano Atlántico, crecía un árbol. Pero no era un árbol cualquiera, no. Era descomunalmente grande y muy extraño. Dice la leyenda que pocos marineros consiguieron verlo.
A veces, cuando había luna lejos en el horizonte, aparecía una manga negra que se deslizaba quieta. Cuando los antiguos veían esa sombra más oscura que lo negro, entonces sabían que habían contemplado al árbol...
Era tan grande que, según el sabio naturalista Plinio el Viejo, habría sido imposible pasarlo a través del Estrecho. Tenía algo de animal. Sus raíces parecían garras poderosas con las que se aferraba firmemente al fondo, de forma que ni las violentas tempestades ni los temibles vientos huracanados lo podían desasir y destruir. Sin embargo, el árbol podía trasladarse a su antojo. ¿Sería por eso que ninguna expedición moderna logró encontrarlo en los sitios en que lo ubicaban los antiguos?
El tronco, rugoso y a la vez tierno, se elevaba semejando un edificio aaltísimo y contra él se ensañaban las olas del mar en feroces embestidas cuando había temporal. Pero si el océano estaba en calma, la cima se podía ver en lo alto, cubierta de nubes. Las enormes ramas del árbol marino se extendían a lo largo de centenares de metros, como si fueran los brazos de un gigante sostniendo un inmenso techo. Entre ellas vivian animales muy extraños y de proporciones descomunales: lagartijas del tamaño de cocodrilos que cambiaban de color y se alimentaban de las hojas del árbol; hormigas con ojos verdes que parecían gatos y que comían lagartijas, a las que atacaban en grupo y despedazaban con los garfios de sus mandíbulas; ratas lilas voladoras que sólo vivían de huevos de hormiga. Y miles y miles de pájaros de las más increíbles especies y colores: pájajrjos tiburón que acostumbraban vivir la mitad del año bajo el agua; buitres azules cubiertos de escamas; pájaros carpinteros con tres cabezas y plumas de colores; murciélagos dorados que se confundían con los rayos del sol; palomas naranjadas de seis patas; y unos pajarillos de colores, sin pico pero con cabeza de niño, que cantaban todo el tiempo una melodía triste capaz de hacer llorar a quien la escuchara.
Las hojas del árbol parecían aletas de pez y en la punta de las ramas más pequeñas, que eran como culebras rojas, crecían en primavera unas flores semejantes a los erizos de mar. Cuando los pétalos de estas flores caían, salía el fruto, que era una rueda carnosa y grande como una orza de pan, en cuyo centro había un ojo. A medida que la fruta maduraba, el ojo cambiaba de color, primero azul, luego verde y finalmente castaño oscuro. Así, a principios de verano el árbol aparecía iluminado con millones de ojos que se agitaban parpadeando y brillaban, sobre todo por la noche.
Dice la leyenda que estos ojos eran de los habitantes de la Atlántida, de todos los que murieron tragados por el mar en ese fatal diluvio que terminó con la civilización más perfecta que hubo jamás.
Y la leyenda agrega que si alguien se atrevía a comer tres de esos ojos crudos, con los suyos cerrados y la mano izquierda en el corazón, esa persona podría adivinar el porvenir. Esto hizo que muchos se fueran mar adentro en busca del árbol marino, aunque ninguno regresó jamás.
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